martes, 5 de noviembre de 2013

Islas Diómedes



Las Islas Diómedes son dos formaciones rocosas situadas en el Ártico. Se trata de dos islas poco conocidas, una un poquito mayor que la otra, separadas por una frontera internacional a pesar de sus escasos cuatro kilómetros de distancia física. Diómedes Menor es territorio estadounidense y la habitan unas 170 personas; Diómedes Mayor es territorio ruso, estando totalmente deshabitada en la actualidad.

Pero no es esta circunstancia lo más curioso de este pequeño archipiélago, sino que además son atravesadas por la línea internacional de cambio de fecha, de modo que a las 0:00 horas en la isla rusa, son las 3:00 horas del día anterior en la americana, aunque la hora solar, como imaginaréis, es la misma. Hay otro fenómeno que me llamó mucho la atención cuando supe de su existencia, y es que en invierno el canal que las separa se congela completamente, pudiendo pasar de una isla a otra a pie. Pocos lo saben, pero durante unos meses al año, Asia y América son dos continentes unidos por un pequeño paseo. Forzando un poco el argumento, durante esos meses son cuatro los continentes unidos: Europa, África, Asia y América. Y para terminar de complicar las cosas, se puede afirmar que en estas dos islas es posible viajar en el tiempo: tan sólo caminando un rato puedes volver a ayer o ir directamente a mañana. ¿No es fantástico? ¿Por qué no nos cuentan estas cosas en el colegio?

Las peculiaridades de las Islas Diómedes me han llevado a otra reflexión. La casta política y la ciudadanía. Tan cerca y tan lejos. Separados por una corta distancia y perteneciendo a dos continentes distintos. Incluso se me ocurre que vivimos en dos dimensiones temporales dispares, como si la ciudadanía estuviésemos en el hoy y ellos en el ayer, o quizá sea al revés, a lo mejor los políticos son unos visionarios, y mientras la ciudadanía se mantiene anclada en el hoy, en el Estado de bienestar, en el mundo de los derechos fundamentales, en el apoyo y la solidaridad social, ellos ya están en el mañana, viviendo en un territorio previamente diseñado, el de las individualidades que benefician únicamente a unos pocos. Hay veces que llegas a confiar, que tienes la sensación de que es posible compartir el mismo territorio, que todo lo que hacen es por nuestro bien, por el bien común, que podemos caminar de un territorio a otro sin miedo a caer, pero entonces llega el deshielo y volvemos a encontrarnos en continentes lejanos, separados por el tiempo.

Lo peor de todo es que la separación no es tan clara, porque entonces podríamos exigirles cambiar de lugar la línea de tiempo y construir un gran puente destruyendo esa frontera imaginaria.

Os voy a poner un ejemplo. Hace pocos días una mujer, en una visita domiciliaria, me hablaba de otra señora de su mismo municipio que recibe un Servicio de Ayuda a Domicilio por parte de los Servicios Sociales, estando ella en lista de espera de este mismo recurso. La que lo recibe es beneficiaria desde hace varios años, pero sin tener en cuenta esta circunstancia la que está en lista de espera, me decía: “claro, a ella se lo dieron pronto porque tiene mano en la Diputación, conoce a un diputado ¿sabes?”. Yo le expliqué que las cosas no funcionan así, que el problema son los cambios legislativos, los recortes y la falta de presupuesto dedicada a los Servicios Sociales, pero ella siguió en un bucle interminable. Por más que le expliqué que yo conozco los casos de la zona y que soy consciente y responsable de la aplicación de la normativa, ella siguió pensando que “si tienes mano con los políticos” da igual si tienes o no derecho, porque lo vas a conseguir.

En la visita domiciliaria, al mismo tiempo que comprendía la angustia de la mujer ante la espera de una ayuda que no sabe cuándo podrá recibir, defendí amablemente la actuación de los Servicios Sociales públicos en los que se aplican criterios profesionales y normativos previamente establecidos. Lo mismo he hecho en innumerables ocasiones y a veces consigo ser convincente. Sin embargo, no puedo dejar de plantearme la siguiente cuestión: ¿por qué tanta gente piensa que los políticos pueden actuar de forma arbitraria? Y me pueden llamar malpensado pero mi primera idea es: ah, pues quizá porque en muchas ocasiones actúan arbitrariamente y a esta buena mujer no le falta razón.

Sin embargo considero importante señalar que los Servicios Sociales, precisamente por su carácter público y porque quienes desarrollamos en ellos nuestra labor técnica utilizamos criterios profesionales rigurosos en la intervención, estamos a salvo de las arbitrariedades de la casta política.

           En estos momentos, con las reformas que hay en marcha y que afectan a nuestro sector, con las puertas totalmente abiertas a la externalización de los servicios (privatización, en definitiva) corremos el riesgo de que este tipo de arbitrariedades aumenten de forma exponencial. Siento insistir tanto y parecer excesivamente alarmista, pero aún no somos conscientes de las consecuencias que se van a derivar de la reforma de la Administración local.

            Yo aún sigo confiando en que llegue el invierno y quizá un simple camino de hielo sirva para unir continentes y encontrar espacios de colaboración. No me gusta el frío pero estoy dispuesto a hacer algunos sacrificios. Quizá sea un problema de comunicación, el reto está en hacernos entender, en ser capaces de mostrar nuestra realidad y la de aquellas personas por las que trabajamos, que somos todos. Espero que podamos estar a la altura de las circunstancias y hagamos ver que los Servicios Sociales son útiles más allá de arbitrariedades y ocurrencias de los políticos de turno, que ellos, por suerte, sí son temporales.