viernes, 23 de diciembre de 2016

Las MATRIOSKAS y la relación de ayuda

Algunas de mis matrioskas de "manifa".
     
     Las matrioskas son esas muñecas rusas tan simpáticas y coloridas que se se abren por la mitad y se meten unas dentro de las otras. Cada juego de muñecas consta de un mínimo de cinco unidades, con la premisa de que han de ser número impar. Siempre me han llamando la atención, aunque el primer juego que tuve de este tipo eran en realidad pingüinos y venían dentro de un archiconocido huevo de chocolate, eran la sorpresa.

     Porque si viéramos estas muñecas por primera vez y por casualidad abriésemos la matrioska, esa sería nuestra primera reacción: sorpresa. Lo de fuera es una máscara, una mera apariencia, un disfraz, la verdad está en el interior, pero para llegar a ella es necesario seguir investigando hasta el final, hasta llegar a la pequeñita, a la auténtica esencia, tan bien protegida por las demás.

     Las personas también somos matrioskas ¿nunca lo habéis pensado? En realidad mostramos un disfraz, nuestro yo social, nuestra parte pública, las relaciones sociales son finalmente un baile de máscaras. ¡Y bien está que así sea! El mecanismo de la apariencia tiene como finalidad protegernos, pues la verdadera esencia la compartimos únicamente con quien nos da la confianza suficiente para hacerlo, con nuestro círculo próximo, con esas personas (familia, amistades, confidentes) que se han ganado disfrutar de nuestra intimidad. Y estamos dispuestos a luchar para que esa parte íntima y personal siga bajo nuestro control. Además tenemos diferentes capas, disfraces y máscaras que van siendo más livianas según aumenta la confianza y el grado de seguridad, igual que las matrioskas.

     Soy trabajador social, trabajo en un Centro de Servicios Sociales Básicos. A veces exigimos a nuestros usuarios que sea la muñequita más pequeña la que hable, cuando lo habitual es que sea la grande la que se siente frente a nosotros y con el tiempo, poco a poco, quizá, vayan apareciendo las otras, una a una. ¿Acaso yo, profesional, actuaría de otro modo si invirtiésemos los roles? ¿Acaso tú, que  me lees, actuarías de forma distinta? Bien, no exijamos aquello que no estamos dispuestos a dar. Formulado de otro modo estamos ante el refrán de la viga y la paja, una forma hipócrita y egoísta de aplicar la ley del embudo, que además es muy poco profesional.

     Tengo que reconocer que en mis inicios como trabajador social no hace tantos años era más exigente, me costaba más comprender por qué algunas personas no contaban desde el principio cosas relevantes para la relación establecida, siempre dentro del marco profesional. Si mi intención era ayudarles ¿por qué no me decían todo desde el principio, facilitando mi tarea? Hace mucho tiempo que sé que las cosas no son tan sencillas, que entre el blanco y el negro hay una interesante gama de grises, y que cuando ponemos color las combinaciones son infinitas. Yo prefiero el color.

     La relación, el vínculo, no se establece en un primer contacto. Hace falta tiempo, es necesario trabajar esa confianza que facilite las cosas. El counselling me ha ayudado mucho a mejorar mis habilidades y en buena medida a cambiar mis actitudes para conseguir este objetivo, al mismo tiempo que me ayuda a no quemarme. También el trato cercano, cuidar los detalles, levantarme de la silla y salir de detrás de mi mesa cada vez que alguien viene a mi despacho, ir a la puerta a recibirles y acompañarles cuando se van, lo mismo cuando les visito en su casa, ese espacio tan íntimo, intentar que todo fluya de la mejor manera posible, procurando no ser invasivo, intentando no juzgar con mirada represora. Sonreír, con los labios y con la mirada.

     En cualquier caso y esto es fundamental, todas las personas tienen derecho a compartir y a omitir cualquier aspecto de su vida, siempre procuro no perder de vista esta cuestión. Si hay algo que no me cuentan puede que no haya llegado el momento de hacerlo, puede que aún falte mejorar el vínculo para que lo compartan conmigo o simplemente es posible que no sea necesario para la intervención. Y si me entero de algo relevante por otras fuentes ¿realmente tengo derecho a utilizarlo? Considero muy importante reflexionar sobre esta cuestión, pues como trabajador social me niego a hacer funciones de policía o control social, como relaté recientemente en esta entrada.

     A veces me sorprendo cuando una persona, casi desde el principio, me cuenta su vida a calzón quitado, sin reservas, mostrando casi totalmente su esencia, la muñeca rusa pequeñita. Ocurre a menudo, en realidad, y entonces pienso que algo debo estar haciendo bien. Pero no hay que quedarse ahí, porque a partir de ese momento tengo una importante responsabilidad, la de utilizar esa información con absoluto respeto, sin juzgar, sin malinterpretar, procurando hacer una intervención adecuada. En eso no puedo fallar.

     En próximas entradas me gustaría profundizar un poco en la forma en que juzgamos a los demás, con ejemplos desde el Trabajo Social. Quizá nos ayude a reflexionar entre todas y a evitar esa actitud, a no caer en el fácil error de simplificar y juzgar, olvidándonos de que todas las personas somos matrioskas, y que lo apasionante es profundizar para llegar a la verdadera esencia.