lunes, 13 de mayo de 2013

La marea naranja también viaja en tren




El domingo 21 de abril salí a hacer una ruta de senderismo no apta para gente con vértigo o con la cabeza bien amueblada. Hay que estar un poco loco para asumir este tipo de riesgos. Se trata de los últimos 17 kilómetros de la ruta férrea que une la localidad charra de La Fuente de San Esteban con Barca D’Alba, ya en Portugal. Comenzó a funcionar en 1897 y fue una de las mayores obras de ingeniería civil de aquella época en España, interviniendo varios miles de personas en su construcción y salvando la frontera con Portugal por esta zona. Los últimos 17 kilómetros son los más impresionantes pues salvan un desnivel de 483 metros mediante la construcción de veinte túneles y trece puentes.
En 1985, casi un siglo después, se decidió que ya no era rentable. Probablemente no lo fuera, es esta una idea cada vez más extendida: todo es cuestión de pasta. ¡No es rentable, lo eliminamos! En el mejor de los casos sólo se recorta, o así lo llaman.

Llevaba tiempo con ganas de hacer esta ruta y mi compañera Concha, la animadora comunitaria del CEAS, aventurera incansable que ya la  había realizado, tenía ganas de repetir. Convencimos a otros tres “inconscientes” (Antonio, Raquel y David) y en cuanto llegó el buen tiempo los cinco valientes nos pusimos en marcha con un objetivo común: disfrutar del paisaje, integrarnos en la naturaleza, hacer un poco de  sano ejercicio y poner a prueba nuestras limitaciones. Así que me planté mi camiseta de la marea naranja y emprendimos camino.

Que los Servicios Sociales vayan allá donde yo vaya. Toda superación personal que sea también social. Por ese motivo he decidido escribir sobre este día festivo y por qué no, reivindicativo. No  hay que desaprovechar ninguna oportunidad.

En el inicio de la ruta un cartel de RENFE advierte del mal estado de los puentes. Al poco tiempo de ponerte en marcha entiendes el motivo, pues los años de abandono se han empleado a fondo para dificultar el tránsito humano. Algunos de los puentes están en estado ruinoso, conservándose apenas una estructura metálica y viéndote obligado a caminar por una estrecha plataforma de treinta centímetros de ancha a unos 60 metros de altura. No apto para quien padece de vértigo, como he comentado. Llevan tiempo pidiendo que la conviertan en vía verde pero ese proyecto está totalmente dormido. Podría ser un recurso turístico de primer orden para la zona… pero se necesita inversión, y no hay parné.


            Sin embargo, la aventura mereció la pena desde el primer momento. Disfrutas de unos paisajes únicos, e imaginas la cantidad de viajeros que han utilizado esa vía ferroviaria. Una ruta que une dos países hermanos que solemos vivir ignorándonos mutuamente. Me gustaría descubrir las historias personales de algunos de estos viajeros, pues un siglo da para mucho. Pienso en encuentros y desencuentros, en amores clandestinos, familias que se reúnen después de mucho tiempo, éxodos a destinos inciertos, nuevas aventuras, dramas personales, duelos…
           
            Observando el paisaje pienso en España y Portugal, esta península ibérica que tan malos momentos está pasando. Y todo se me representa muy simbólico, poco casual. Una ruta que nos unía y que está abandonada. El tren simboliza muchas cosas, es un medio de transporte y por tanto es unión y progreso. Y además es evolución, avance hacia delante. Quiero quedarme con esta interpretación, la de los puentes que nos unen y nos llevan a un futuro que nos reconcilie con el pasado. Y que nos reconcilie también con este presente lleno de incertidumbre. La del medio de transporte rápido, eficaz, ágil, cómodo, limpio. Un medio de ida y vuelta que nos habla de ese Estado de Bienestar que se está deteriorando, como las vías del tren, los puentes, los túneles, pero que viendo pasar el tiempo espera el momento de ser recuperado.

            El camino fue duro, cansado, peligroso, como la senda que las mareas ciudadanas estamos transitando en estos tiempos convulsos. Sin embargo, cuando llegas al final sabes que el camino ha merecido la pena, porque has aprendido y te has superado. Lo fundamental es no perder la esperanza.


                                  Sólo una cosa más:

                                          ¡Arriba la marea naranja!