sábado, 8 de diciembre de 2012

Historias de mi peluquera


Llamo por teléfono, pido cita, acudo a la hora. Me gusta este nuevo sistema de cita previa, te evitas tiempo de espera. El caso es que ya tenía necesidad de cortarme el pelo, las greñas me estaban invadiendo. No sé por qué hago tanta pereza para ir a la peluquería, con lo que uno aprende a base de escuchar las conversaciones que allí se producen.

Voy a una peluquería mixta desde hace poco tiempo, en mi barrio. La conversación de ayer me ha hecho pensar mucho. El negocio es de dos hermanas, una está de baja porque acaba de ser mamá y han tenido que contratar a una chica a media jornada. La peluquera me contaba lo difícil que ha sido encontrar a alguien que quisiera trabajar. ¿En un país con casi seis millones de parados ha sido difícil encontrar a alguien con ganas de trabajar? Difícil no, lo siguiente, me dice usando esa horrible expresión que se ha puesto tan de moda. De todas las que le han enviado del paro ninguna quería trabajar. Bueno, sólo una, pero estaba embarazada de seis meses y no era plan. Sólo querían la firma para no perder la prestación o antigüedad, según el caso. Así de crudo. Y yo me pregunto… ¿tienen a alguien que las mantenga? Qué feo y qué machista este pensamiento mío.
Siguiente paso: anuncio en un periódico local. Ahí hubo más suerte, pero por el camino varias llamadas rechazaron el trabajo al enterarse del barrio en cuestión. Y yo me pregunto… ¿qué le pasa a mi barrio? ¿los gitanos no pagan cuando van a cortarse el pelo?
Finalmente a una le interesó el trabajo, pero también tenía prejuicios con el barrio según contaría luego. Ahora parece estar contenta ¡aleluya! Como diría mi tía la monja.
En la conversación intervino también una clienta. Que si es normal, que con tantas ayudas como se dan la gente prefiere estar en casa en lugar de trabajar, que así va el país, y tal y tal y tal… ¡Y yo pensando que estaban recortando ayudas! A la edad de Cristo cualquier día me crucifican por iluso. No supe bien qué decir porque la clienta estaba convencida de que la gente prefiere vivir de ayudas por mínimas que estas sean. Yo le hablé del paro estructural y del paro voluntario pero que seis millones me parece excesivo. Creo que no me entendió.

La anécdota me sirve para reflexionar sobre los estereotipos sociales. La RAE define estereotipo como “imagen o idea aceptada comúnmente por un grupo o sociedad con carácter inmutable”.

Desconozco el motivo por el cual mi peluquera lo ha tenido tan mal para encontrar a alguien con ganas de trabajar, pero tengo la certeza de que en este país la mayoría de la gente prefiere vivir de lo que gana con esfuerzo y mérito personal. Sin embargo esta no es la idea aceptada comúnmente con carácter inmutable. Pues habrá que trabajar en cambiar esa idea, digo yo, pues la realidad es otra.

Aunque hay un problema: tenemos un gobierno que no muestra el más mínimo interés en hacerlo pues de estos estereotipos saca su beneficio político, a ellos les gusta mucho hablar mal de los parados. ¡Que se jodan! dicen. Si la gente piensa que este es un país de vagos que quiere educación gratis, sanidad gratis, medicinas gratis, vivir de ayudas y de no trabajar, entonces el Estado de Bienestar nos lo podemos cargar porque eso es simplemente “caridad para vagos”. Qué vergüenza, me gustaría que escucharan por una vez los dramas humanos que llegan a los Servicios Sociales. Seguramente algo aprenderían. Decencia, al menos. Y respeto.

Eso sí, mientras tanto a los corruptos, a los defraudadores, a los que no cumplen, en definitiva, a los nuestros: amnistías fiscales. ¡Bendito país!