domingo, 22 de marzo de 2015

La actitud que te lleva al éxito

      La semana pasada hice un curso sobre redes sociales e inserción laboral organizado por la Federación Trabajando en positivo para personas que de un modo u otro estamos en el movimiento antisida: profesionales y voluntariado. Desde que en el año 2002 entré a formar parte del Comité Antisida de Zamora, la experiencia me ha demostrado que la gente que se implica en esta lucha son personas que no te puedes encontrar en ningún otro lugar, con una capacidad innata para ponerse en el lugar de quien sufre uno de los peores estigmas del avanzado y tecnológico siglo XXI: ser-positivo.

      Y como no podía ser de otra manera, estando con gente especial, tenía que llegar el momento de las conversaciones sobre gente especial. En uno de los descansos, hablando de otras mil cosas con dos compañeras, vino a mi memoria la historia de Manuel (nombre ficticio), un hombre al que conocí gracias a mi trabajo en Servicios Sociales Básicos y de los que encuentras en muy contadas ocasiones.

      Manuel era un hombre de 70 años cuando yo le visité por primera vez, casado y con una vida que podríamos entender como normal: jubilado, con la tranquilidad de haber sacado a sus hijos adelante, residiendo en un pueblo muy pequeño y entreteniéndose con el cuidado de su huerto y unas gallinas que ponen unos huevos como no se venden en los supermercados. Su vida tranquila se ve golpeada el día que sufre un ictus que le deja postrado, temporalmente, en una cama.

     Visité a Manuel tras acabar la rehabilitación, solicitó reconocimiento de su situación de dependencia y desde el primer momento me dijo, absolutamente convencido: "Eladio, me voy a recuperar". Aplicar el baremo de valoración de la dependencia es, en algunos casos, bastante duro, pues hay que valorar muchos detalles de la vida diaria y pones a la persona valorada ante un espejo en el que no es agradable mirarse. Con Manuel no ocurrió, pues todo el tiempo me decía: "Bueno ahora no lo puedo hacer, pero es temporal". 

     La realidad era que ya no había más rehabilitación para Manuel, su mujer me contó, al acompañarme a la puerta con los ojos llenos de lágrimas, aquello que los médicos le habían dicho: de la silla no volvería a levantarse sólo, toda recuperación tiene un límite, podría avanzar algo más, pero lo mejor para su salud mental sería hacerse a la idea de no poder caminar por sí mismo.

     Cada vez que visité a Manuel en ese tiempo pude comprobar sus pequeños avances. Nunca dejó de hacer los ejercicios que había aprendido en la rehabilitación, y una pelotita antiestrés era manipulada en su mano derecha de forma constante. Tenía a su familia loca, así me lo contaba su mujer, pues se empeñaba en creer en algo imposible. Y él, cada vez, lo mismo: "Eladio, me voy a recuperar, nadie me cree, pero yo me voy a recuperar". Creo que le gustaba decírmelo, pues si bien no le daba falsas esperanzas, posiblemente era la única persona de su entorno que nunca le dije que tenía que asumir la realidad.

     Tardé un tiempo en volver por el domicilio, la desgracia se cebó con la familia (la mujer enfermó, un hijo tuvo importantes problemas de salud) y les visité para hacer seguimiento de la situación. Cuando llegué a la casa me quedé sin palabras: Manuel salió a abrirme la puerta, él sólo, despacio, sin muletas, sin ayuda, y con su pelotita en la mano. Sonreía.

     Una frase de esa visita se quedó grabada en mi mente para siempre: "Eladio, te dije que me iba a recuperar, te lo dije, ¿te acuerdas?".

     No soy tan ingenuo como para pensar que sólo la actitud mental y el convencimiento de ser capaz, son suficientes para transformar nuestra realidad, pero sé que Manuel lo logró y nadie confiaba en que lo hiciese, ni siquiera los médicos, pero él sí, él lo sabía, y nunca dejó de intentarlo. 

Hoy también comparto la foto de una planta que está brotando en mi terraza, me la regaló un usuario hace cuatro años, cuando supo que me gusta cuidar de estos seres vivos. Poco después este usuario falleció, dejándome, lo reconozco, algo tocado. 

Cada año al finalizar el otoño la planta se seca, parece que ha muerto pues no queda nada, pero la raíz mantiene su vitalidad discreta bajo la tierra. Cada año, antes de comenzar la primavera, la planta vuelve a nacer para llegar al verano con unas flores preciosas, no me falla nunca.

El primer invierno que pareció morir, me quedé triste pero la seguí regando, por si acaso. La primavera llegó para sorprenderme y desde entonces, cada año, cuando la veo secarse sé que únicamente necesita descansar para volver con más fuerza.

     No tengo el secreto de la actitud que lleva al éxito, pero mirando a las personas acabas conociendo algunos de sus ingredientes. Os animo a buscar los vuestros, creo que sólo es posible observando con detalle a los demás, que sólo se puede lograr si realmente queremos aprender. Manuel supo cómo hacerlo, yo quiero mirarme en ese espejo.

¿Por qué no vivir nuestras propias utopías realizables?