domingo, 22 de diciembre de 2013

Somos de colores



          Será que ya estamos inmersos en estas "entrañables fechas", será que se acaba el año y es hora de hacer balance, será que vemos más a la familia y a los amigos, será que es momento de reencuentros esperados y algún que otro exceso, no sé lo que será, pero hoy al sentarme a escribir sólo pienso en la igualdad. Sé que es un concepto muy manoseado, muy debatido, muy cuestionado, pero en su esencia se esconde de algún modo la justicia y la dignidad que quiero para todos los hombres y mujeres de este mundo, un mundo a veces poco habitable, a veces único, a veces cruel, a veces maravilloso y siempre fascinante.

          No voy a teorizar, no lo suelo hacer, creo que no se me da muy bien. Prefiero compartir una lectura que hice hace tiempo, pero que hoy, preocupado por la desigualdad y la injusticia que nos rodea, me viene a la memoria. Se trata del libro de ficción "Criadas y señoras" (The help) de Kathryn Stockett. Una lectura entretenida y con un trasfondo social que me enganchó hasta el final del libro. Un grupo de mujeres de distinta clase social lucha en la clandestinidad por acabar con la segregación racial, avergonzadas e indignadas por una situación que de facto conculca derechos por el color de la piel.

          El libro trata muchos otros temas relacionados con la desigualdad social y tan interesantes como la temática principal. Voy a compartir un extracto que me impresionó especialmente, que además de la discriminación por color de piel o clase social, añade la discriminación por orientación sexual. El relato es en primera persona, una criada negra cuenta su experiencia cuidando niños en casas de gente blanca:
“Ya me había pasado antes que los bebés a los que cuido me confundan con su madre. La primera palabra que dijo John Green Dudley fue “mamá”, y cuando la pronunció me estaba mirando a mí. Pero pronto empezó a llamar a todo el mundo “mamá”, hasta a su padre o a él mismo. Lo hizo durante mucho tiempo y nadie le dio importancia. Sin embargo, cuando empezó a jugar a vestiditos, a ponerse las faldas de su hermana y a echarse Chanel Número 5, todos nos preocupamos un poco.
          Estuve mucho tiempo sirviendo en casa de los Dudley, casi seis años. Cada tarde, su padre bajaba al niño al garaje y le zurraba con la manguera, intentando expulsar la chica que tenía dentro. Yo no podía soportarlo. Al regresar a casa, abrazaba a mi Treelore con tanta fuerza que casi lo asfixiaba. Cuando empezamos a trabajar en las historias, Miss Skeeter me preguntó cuál fue el peor momento que he vivido como sirvienta. Le contesté que fue cuando el hijo de una de mis jefas nació muerto, pero no era verdad. Fueron todos y cada uno de los días, desde 1941 a 1947, que me pasé esperando tras la puerta del garaje a que terminaran las palizas. Me gustaría haberle dicho a John Green Dudley que no iba a ir al infierno, que no era un monstruo de feria porque le gustaran los chicos. Ojalá le hubiera susurrado cosas bonitas al oído como hago ahora con Mae Mobley. En lugar de eso, me quedaba sentada en la cocina, esperando para ponerle pomada en las heridas que le dejaban los manguerazos.”
        Cada día en los Servicios Sociales nos encontramos con situaciones que desafían los conceptos teóricos de igualdad y justicia. A veces son las leyes y los procedimientos establecidos los que generan este tipo de sufrimiento innecesario. Considero que hemos fracasado como sociedad cuando lo único que podemos hacer es poner pomada en las heridas

          Este mundo lo habitamos personas muy diversas, personas de infinitos colores y matices. Somos diferentes, somos únicos, cada uno de nosotros es insustituible. Nos empeñamos en ver las diferencias como dificultades, cuando podríamos verlas como una oportunidad de aprender, de enriquecernos, de crecer y ampliar horizontes

         Está acabando el año y queda muy poco para empezar uno nuevo. Una vez más me comprometo a aprender, a seguir el camino de la diferencia que nos conduce hacia la igualdad. Sé que entre el blanco y el negro hay una gama infinita de grises, pero yo prefiero el arcoiris, porque al fin y al cabo, en este mundo, si somos capaces de mirar sin filtros, nos daremos cuenta de que los humanos estamos hechos de infinitos y preciosos colores.

Somos de colores

P.D. Os dejo, para terminar, una frase de Nelson Mandela:
"Todos sabemos cuan tenazmente puede el racismo aferrarse a la mente y hasta qué punto puede infectar el alma humana. Allá donde se sostiene en disposiciones raciales en el orden social y material, esa terquedad puede multiplicarse por cien".