lunes, 7 de octubre de 2013

Otra de desahucios




Os propongo un pequeño juego. Las instrucciones son muy sencillas, sólo hay que observar la imagen que encabeza esta entrada durante diez segundos. Es una imagen que todos conocemos: "La última cena" de Leonardo Da Vinci, pero le falta algo.

¿Qué sentís tras unos segundos de observación? ¿se remueve algo por dentro?

Jose Manuel Ballester, pintor y fotógrafo autor de la obra, ha eliminado toda acción de la imagen, todos los personajes de la pintura original. Ya no hay vida, la sensación de vacío y soledad es brutal. Cuando miro la imagen, el desasosiego que siento es inmediato. Es como si todos se hubieran ido de repente, de forma brusca, hay algo inacabado, algo que no cuadra. Hubo vida pero ya no la hay, es el instante de la nostalgia y la desazón. Ese parece ser el objetivo del autor y desde luego conmigo lo consigue. ¿Lo logra contigo, que has aceptado mi juego?

Vuelvo de  nuevo a tratar el grave problema de los desahucios. Me preocupa porque no veo el final. Y si yo no lo veo, no me puedo hacer una idea de cómo lo tienen que estar pasando las personas que se ven afectadas directamente.

No me encuentro de forma habitual con este problema en mi trabajo diario, por suerte, pues no sé si lo podría soportar, pero la gente tiene miedo, mucho miedo. Quien tiene problemas económicos e inestabilidad laboral y una hipoteca o alquiler, tiene miedo. Los medios de comunicación, las redes sociales e internet están llenos de noticias sobre gente que pierde su casa, y ese bombardeo genera mucho miedo. Y es un miedo muy real.

Hace unos meses escribí sobre desahucios por primera vez. Si quieres revisar la entrada la puedes leer aquí. En ese momento os hablé del "Servicio Integral de Apoyo a las Familias en Riesgo de Desahucio" puesto en marcha por la Junta de Castilla y León y que tantas dudas me generaba entonces. Ahora lo digo claro: es un lavado de imagen ruin, indigno y cutre. No se puede actuar de forma más rastrera. Ahora mismo os cuento el por qué, aunque voy a empezar por el final.

Uno de mis momentos de mayor satisfacción profesional se produjo hace unos meses, cuando una ayuda de emergencia social fue concedida a una familia para cubrir varias cuotas impagadas de su hipoteca. El riesgo de desahucio era inminente. No recuerdo haberme sentido tan feliz tras la concesión de una ayuda que yo hubiese tramitado. Con lágrimas en los ojos me dijeron que soy una buena persona y me costó mucho contener la emoción. Soy un profesional pero no soy de piedra. Yo les dije que no, que no lo soy, que soy una persona normal, como ellos, y que tengo un trabajo en el que de vez cuando la satisfacción personal que siento es infinita. Y que tengo suerte.

Esta historia, sin embargo, tiene un principio algo más feo. Como soy muy obediente y cumplidor, y aún confío en las potencialidades de los programas y servicios puestos en marcha por las administraciones, en un primer momento derivé a esta familia al que informalmente llamamos "Servicio de prevención de desahucios". No les dieron cita. Ni siquiera les escucharon. El vacío, la soledad, como en el cuadro que encabeza esta entrada. Les abandonaron totalmente a su suerte. ¿Queréis saber por qué? Os lo explico: resulta que la vivienda de esta familia es de protección oficial y la hipoteca que pagan no está contratada con una entidad bancaria sino directamente con la Junta de Castilla y León, a quien deben pagar su cuota cada mes. No cumplen los requisitos para que se les atienda en este servicio. La Junta no está dispuesta a negociar, no hay segundas oportunidades: o pagan, o se van a la calle.

La Junta lava su imagen vendiendo este servicio como la solución a todos los males, pero establece unas reglas que sólo pueden definirse como perversas. Crean un servicio para el que no hay prácticamente presupuesto alguno, sobrecargando a los profesionales de las entidades locales, cuya función es hacer una mediación con las entidades bancarias y diseñar un plan de economía familiar, pero si el problema es con ellos directamente, entonces no negocian, sólo se juega con el dinero ajeno. Qué hipocresía más grande. 

En los Servicios Sociales no abandonamos a esta familia. Seguimos adelante luchando junto a ellos para encontrar una solución, porque seguimos creyendo que volver a empezar es un derecho. En los Servicios Sociales, insisto, en lo público. Servicios Sociales amenazados de muerte por la reforma de la administración local.

Si lees en prensa que gracias a este servicio la Junta de Castilla y León está paralizando desahucios, no seas ingenuo, no te lo creas, te están mintiendo. Son los movimientos sociales y la presión ciudadana los que están logrando que muchas de estas personas no se vayan a la calle.

¿Te imaginas que un día pierdes tu casa? ¿te imaginas en la calle, de pronto, sin tus cosas? ¿te imaginas únicamente con aquellas pertenencias que entran en un macuto? ¿te imaginas un escenario semejante? El vacío, la soledad, como en el cuadro que encabeza este escrito. Pérdida. Dolor. Vacío. Desarraigo.

A pesar de todo, no quiero terminar con esta sensación. Todo escenario vacío puede volver a llenarse de vida. Si al principio de la entrada os he ofrecido una imagen de soledad y abandono, como una vivienda cuyos habitantes acaban de ser desahuciados, ahora quiero devolveros la imagen original, la vida, la esperanza. Quiero terminar con el deseo de volver a ver a la gente feliz, en su hogar, viviendo con un mínimo de estabilidad y confianza. Quiero pensar que todos podemos tener una vida digna. Quiero pensar que la utopía es posible, que lo conseguiremos. Que no nos van a quitar la ilusión y que hay oportunidades infinitas. Que podremos recomponer los pedazos y renacer.